Dos modelos de colonización en las Américas
05/24/2026
¿Por qué Estados Unidos se consolidó como potencia industrial a inicios del siglo XX mientras América Latina permanecía estancada en una estructura dependiente y semicolonial? Lejos de los mitos sobre una supuesta «superioridad» anglosajona, en este ensayo analizo las condiciones objetivas —clima, suelo y disponibilidad de mano de obra— que definieron dos vías de desarrollo capitalista contrapuestas. Mi objetivo es desmontar la tesis del «atraso feudal» latinoamericano y señalar la responsabilidad de las burguesías locales en la consolidación de nuestras economías como dependientes y proveedoras de materias primas.
Nota editorial: Este texto reúne de forma íntegra la serie de artículos que publiqué originalmente en el diario ABC Color (Paraguay) bajo el título «Imperios de ultramar en América» entre noviembre y diciembre de 2023.
(I) De los mitos a los hechos
Por Ronald León Núñez
¿Cómo un territorio que hace menos de 250 años estaba sometido al yugo colonizador de una potencia extranjera pudo no solo desarrollarse al punto de superar a su antigua metrópoli, sino erigirse en el imperialismo hegemónico del planeta?
Esta es una de las muchas preguntas que impone el estudio de la extraordinaria historia de los actuales Estados Unidos de América. En Hispanoamérica, por ejemplo, ronda el mito de que los EEUU se transformaron en potencia mundial debido a que fueron colonizados por ingeniosos anglosajones que habrían legado, además de una supuesta superioridad racial, una mentalidad mucho más ambiciosa, disciplinada y laboriosa.
Los colonos ingleses, según esta creencia, impulsaron un modelo de colonización «capitalista», mientras que sus pares ibéricos, satisfechos con la mera succión de recursos, «trasplantaron» el feudalismo europeo a estas latitudes. En consecuencia, el atraso latinoamericano sería producto de una pretendida «herencia feudal». Ambos procesos colonizadores engendraban una naturaleza capitalista, principalmente por la dinámica que imprimía el naciente mercado mundial, aunque se hayan materializado por medio de vías distintas.
La interpretación que ensalza la «superioridad» de la colonización anglosajona tiene sus raíces en escuelas historiográficas liberales –aunque posteriormente haya sido asumida por exponentes del estalinismo y sus variantes–. Si bien es una lectura superficial y, por ende, simplificadora, descansa sobre ciertos elementos verdaderos que, erróneamente, son absolutizados adrede.
El primero es que, efectivamente, los EEUU emergieron del proceso de descolonización americano y entraron en el siglo XX como una potencia imperialista, mientras el resto de las Américas mantuvo una condición semicolonial.
El segundo tiene que ver con las diferencias entre tipos de colonos y modelos de colonización en el norte y el sur del continente americano. Los primeros colonos ingleses en Norteamérica –si tomamos el clásico ejemplo de los «Padres Peregrinos»– componían un sector social perseguido por la monarquía absolutista anglicana debido al dogma religioso que profesaban: el calvinismo. Eran conservadores en todos los terrenos, pero los movía el afán de encontrar un lugar en el mundo en medio de la represión en Inglaterra y el tumultuoso ambiente político europeo durante el siglo XVII. Esto hizo que esos colonos –que habían huido del Viejo Continente– aspirasen a establecerse al otro lado del Atlántico de acuerdo con sus creencias y costumbres.
El caso de los conquistadores ibéricos fue distinto. No eran un sector perseguido, sino impulsado por la Corona a embarcarse rumbo a la conquista del Nuevo Mundo. En términos generales, puede afirmarse que no pretendían establecerse en los territorios conquistados –aunque muchos lo hicieron, evidentemente– sino enriquecerse lo más rápido posible para retornar a la metrópoli. La aspiración del grueso de los conquistadores ibéricos era ascender socialmente en su tierra de origen.
Las diferencias subjetivas entre los colonos del norte y el sur de las Américas, como veremos, pueden explicarse de modo objetivo.
Es fundamental comprender que si los EEUU alcanzaron su actual grado de desarrollo de fuerzas productivas no se debió a la obra de su antigua metrópoli sino a un hecho de signo opuesto.
La base sobre la que se construyeron los EEUU reside en la manera en que las trece colonias rompieron las cadenas que las sujetaban a Londres. La Guerra de Independencia (1775-1783) fue el primer y decisivo paso de un proceso revolucionario que permitió una colosal liberación de fuerzas productivas, que posibilitó no solo la existencia de los EEUU sino, además, su posterior salto hasta la cúspide de la dominación mundial.
Los primeros europeos que conquistaron partes de Norteamérica fueron españoles. Fundaron Florida en 1513 y, en sucesivas expediciones, tomaron posesión del oeste, hasta Alaska. El Tratado de París –que selló el fin de la Guerra de los Siete Años– otorgó al reino español Luisiana –entonces bajo dominio francés– en 1763[1].
La colonización inglesa comenzaría casi un siglo después de la emprendida por los españoles. La expedición que resultó en la fundación de Jamestown (Virginia) en 1607 integraba un plan de colonización con miras a explotar la zona con cultivos de tabaco. El proyecto fue financiado por una empresa llamada Compañía de Virginia.
Los primeros puritanos, de los que hablamos anteriormente, llegaron en 1620 a bordo del barco llamado Mayflower para colonizar la zona nororiental (Nueva Inglaterra). La expansión de estos colonos fue relativamente rápida en una franja de territorio a lo largo de la costa del Atlántico que resultaría en las trece colonias existentes en el siglo XVIII, desde Nuevo Hampshire en el norte hasta Georgia en el sur.
La conquista de otros territorios, ahora estadounidenses, fue posterior a la independencia. En 1803, Napoleón Bonaparte, entonces primer cónsul francés, vendió Luisiana a los EEUU[2]. En 1819, Fernando VII hizo lo propio con Florida, ensanchando aún más el dominio de Washington. En 1867 adquirieron Alaska del Imperio ruso. La expansión hacia el oeste se realizó de manera brutal. La doctrina del Destino Manifiesto[3] llevó a la pujante burguesía estadounidense no solo a cometer atrocidades contra las comunidades indígenas sino, sobre todo, a emprender una guerra de conquista contra México (1846-1848) que resultó en una ampliación del 25% del territorio de los EEUU por anexión de aproximadamente la mitad del suelo mexicano.
Como planteamos, es un hecho que las trece colonias mostraron características distintas a las de los territorios conquistados por los ibéricos o incluso por otros ingleses, por ejemplo, en las Antillas. No se desarrollaron sobre la base de la extracción de metales preciosos sino sobre la producción agrícola destinada, principalmente, a la exportación a la metrópoli. Esto contribuyó a que los colonos concibieran el territorio conquistado como un establecimiento más permanente.
De las trece colonias, las del norte se especializaron en la pequeña agricultura («farmers»), además de la producción artesanal y, después, manufacturera, modelo que estimulaba la creación de un mercado interno y, a la larga, tendería a privilegiar el trabajo «libre». Este sería el caldo de cultivo para una burguesía con intereses propios. Dispuesta a llevárselo todo por delante, sería la vanguardia de la lucha por la independencia y, casi un siglo después, de la abolición de la esclavitud. Por su parte, las colonias del sur se especializaron en cultivos extensivos («plantaciones»), sobre todo de tabaco y algodón, orientados casi exclusivamente al comercio exterior y sostenidos en el trabajo de africanos esclavizados.
Entonces, si en conjunto las trece colonias nacieron como engranajes del mercado mundial capitalista, a escala local se fue incubando una división en la burguesía nativa sobre qué modelo de acumulación capitalista debía ser adoptado. El duelo entre ambos proyectos estratégicos de nación solo se resolvería después de la Guerra de Secesión (1861-1865).
Pero las peculiaridades del norte de los EEUU en relación con el sur y con el resto del continente no pueden explicarse con teorías racistas o centrándose en el influjo de la ideología calvinista en ese proceso de modelación nacional. Si los colonos puritanos no se dedicaron a la extracción de metales preciosos –como hicieron los españoles, por ejemplo, en Potosí– o a las plantaciones en larga escala para la exportación como hicieron sus compatriotas sureños –utilizando mano de obra esclava importada de África– no fue porque no quisieran sino porque no encontraron las condiciones propicias.
(II) Mercado interno, burguesías nacionales y revolución anticolonial
El historiador marxista Milcíades Peña señaló, correctamente, que la diferencia fundamental entre los desarrollos históricos en el norte y el sur del continente residió en las condiciones objetivas sobre las cuales se asentó la colonización: no fue racial o «espiritual» sino de «clima, terreno, disponibilidad de mano de obra»[4].
En medios de izquierda, era común que los intelectuales estalinistas reverenciaran el proceso histórico de Norteamérica como «capitalista» casi en estado puro. Algunos sostienen esa premisa hasta hoy. El contraste entre la civilizada sociedad industrial de los EEUU con el atraso de los «países periféricos» era instrumentalizado, por los agentes de Moscú, para abonar su conocida tesis de la colonización «feudal» en Latinoamérica y, con ella, justificar teóricamente una política de búsqueda de alianzas permanentes con caudillos o partidos burgueses supuestamente «patrióticos y democráticos», dispuestos a llevar adelante la «revolución democrático-burguesa» en pleno siglo XX. Una revolución «antifeudal», recordemos, en la que el papel dirigente cabría a las burguesías locales, no al proletariado, que debería refrenarse en una posición coadyuvante.
Los marxistas respondían que todo el continente (no solo el norte) fue colonizado en el contexto de conformación del mercado mundial capitalista, es decir que, aunque la producción orientada al mercado internacional se concretara apelando a una combinación compleja de relaciones de producción precapitalistas (encomiendas u otras variantes de servidumbre, esclavitud indígena y africana, etcétera) y embriones de trabajo «libre», el «sentido» de esa empresa era esencialmente burgués.
En Latinoamérica, argumentaban, no había existido un «feudalismo», en los moldes del Medioevo europeo. Existió una colonización brutal que, desde su origen, hizo parte de un proceso mucho más amplio: la acumulación originaria de capital en Europa. Por lo tanto, las razones del «atraso» económico en el sur de las Américas no residían en un pretendido «pasado feudal», como defendía el estalinismo, sino en la incorporación, desde su génesis dependiente, al largo proceso de origen del capitalismo mundial. Las burguesías tercermundistas, satisfechas con su papel de «socias menores» de las sucesivas potencias hegemónicas, no tenían interés en impulsar ni siquiera las tareas que, históricamente, les pertenecían: resolución del problema de la tierra, soberanía nacional, democratización de la sociedad, etcétera. En otras palabras, sentenciaban los marxistas latinoamericanos, en el siglo XX incluso las tareas de la «revolución democrático-burguesa» habían pasado a manos del proletariado, que las resolvería integralmente incorporándolas en el programa socialista.
En el contexto de esta interpretación histórica global, Peña explica que en el norte de lo que hoy es EE. UU. imperaba un clima más frío con suelos pedregosos y menos adecuados al modelo de plantation; por ello, las tierras solo podían explotarse en pequeña escala. A esto se sumaba que no había mucha mano de obra indígena disponible para ser subyugada, de manera que los colonos puritanos ingleses —que llegaron buscando tierras para subsistir con una mentalidad de pequeños productores— debieron sobrevivir de su propio trabajo como agricultores. Debido a la naturaleza del terreno y la escasez de brazos, se hizo imposible desarrollar una economía de plantación como en el sur, donde el clima, la fertilidad del suelo y la producción a gran escala de tabaco o algodón determinaron que la tierra fuera cultivada por mano de obra esclava y no por granjeros independientes[5].
Sin embargo, sin importar la metrópoli, los colonos europeos buscaron metales preciosos o las materias primas que demandaba el mercado mundial. La diferencia objetiva fue que en el norte de los EEUU no existían metales preciosos ni pueblos indígenas que pudieran ser fácilmente subyugados. No había mucho que pudiera ser «parasitado» y esto generó las condiciones para una economía basada en una clase de medianos y pequeños granjeros que producían por medio del trabajo familiar, intercambiaban entre sí y con artesanos, y colocaban excedentes en el mercado exterior. Así fueron construyéndose los cimientos para un amplio y dinámico mercado interno.
Esa realidad fue opuesta a la que encontraron los colonos ingleses en el sur o los ibéricos en el resto de América, que se asentaron sobre tierras más fértiles o explotaron minas de metales preciosos sometiendo a millones de indígenas o negros africanos a la condición de siervos o esclavizados: una masa de fuerza de trabajo tan inmensa y relativamente «fácil» de reponer que a los colonizadores poco les importaba que fuera «molida» en los ingenios de azúcar o que se pudriera en las minas.
En parajes como el Río de la Plata, por ejemplo, los colonizadores europeos y la embrionaria burguesía local encontraron condiciones tan favorables para la ganadería que bastaba poco más que sentarse y contemplar cómo las vacas engordaban para después exportar los cueros (al principio sin procesar) o el charque (carne salada) en la región o al otro lado del Atlántico, conformando un modelo y un modus vivendi que Peña denominó irónicamente la «civilización del cuero». No es difícil entender, por lo menos a trazos gruesos, que aquellos sectores burgueses no tenían muchas razones objetivas para interesarse en el fortalecimiento de un mercado interno o asumir los riesgos propios de las empresas manufactureras.
Con todo, lo cierto es que, si los «industriosos» colonos norteños hubiesen encontrado metales preciosos o mejores condiciones para someter a la fuerza de trabajo local para extraer excedente social, se habrían comportado como los colonos sureños y como los ibéricos en el resto de las Américas.
Nahuel Moreno, dirigente trotskista argentino, abordó el problema de una manera más compleja, señalando una paradoja histórica merecedora de atención. Él sostuvo que el propósito original de la colonización del norte de EEUU era propio de una mentalidad feudal: trabajar la tierra, en primer término, para el autoabastecimiento, sin pretender demasiada ligazón con el comercio internacional. Sin embargo, a pesar de los intentos de los primeros colonos de recrear ciertas relaciones feudales, nunca se plasmó una «clase terrateniente feudal», dado el exceso de tierras y la escasez de «siervos». Había tanta tierra disponible que se hacía difícil sujetar a los trabajadores a ella, puesto que siempre existía la posibilidad de migrar más hacia el oeste y establecer una propiedad, por supuesto, con todos los riesgos que esto implicaba[6].
En suma, ningún intento de «reimplantar» las instituciones del feudalismo, en sentido estricto, prosperó en Norteamérica. Por más empeño que determinados sectores propietarios de tierras pusieran en esa tarea, según el historiador George Novack, simplemente «no podían llevar a esa parte del nuevo mundo todo el contexto histórico y las relaciones económicas que habían florecido en la Edad Media en favor del feudalismo en la Europa occidental»[7].
La misma suerte corrieron las tentativas de recrear gremios cerrados de características medievales. Ninguna casta fija cristalizó en las ciudades portuarias más importantes del Atlántico norte (Filadelfia, Nueva York, Boston y Charleston…). Estas ciudades, todavía con una población relativamente pequeña, estaban atravesadas por frenéticas actividades comerciales que las vinculaban con regiones cada vez más distantes. Como escribió Hobsbawm, a finales del siglo XVIII «estar cerca de un puerto era estar cerca del mundo»[8]. En ese ambiente, no solo los farmers sino también artesanos de todo tipo prosperaron de manera relativamente libre.
En la segunda mitad del siglo XVIII, puede decirse que las condiciones para la revolución democrático-burguesa anticolonial estaban maduras. El grado de desarrollo de las fuerzas productivas, sobre todo en el norte de las trece colonias, había alcanzado un nivel que exigía liberarse de la camisa de fuerza colonial que imponía la monarquía británica. Existía una joven burguesía local dispuesta a destruir cualquier obstáculo para expandir sus propios negocios. Una burguesía que ya mostraba ser insaciable, quizá porque era consciente de que estaba sentada sobre un enorme potencial económico.
Una combinación de este desarrollo interno con eventos externos generaría las condiciones propicias para detonar una de las revoluciones burguesas anticoloniales más emblemáticas y sangrientas de la historia –con más de 45.000 norteamericanos muertos durante la Guerra de Independencia y la Guerra de 1812, ambas contra el Imperio británico–, que abrió las compuertas al crecimiento de un capitalismo nacional como pocos en el mundo.
Así, el desarrollo titánico de los EEUU no se debió a la pretendida «superioridad» de la metrópoli británica, sino, por el contrario, a la forma radical en que la joven nación norteamericana rompió con ella.
(III) Guerra Civil y abolición de la esclavitud
Casi un siglo después de la Declaración de Independencia de EEUU[9] estalló la Guerra Civil (1861-1865), un hecho que marcó un punto de inflexión en la historia de esa nación, dadas sus profundas repercusiones económico-sociales.
Un estudio detallado de ese conflicto, si bien excede el propósito de este artículo, es ineludible para comprender la extraordinaria transición de un Estado nacional con pasado colonial y un pesado fardo precapitalista sobre su estructura económico-social a potencia industrial y, posteriormente, imperialista.
El conflicto, básicamente, supuso la culminación por medios violentos de una disputa interburguesa estratégica: qué modelo de acumulación capitalista prevalecería en el país.
Entre muchos factores, es ampliamente aceptado señalar como causa principal de la guerra el desacuerdo entre los llamados estados libres (en el norte, donde la esclavitud era prácticamente inexistente) y los estados esclavistas (en el sur) sobre la facultad del gobierno nacional de prohibir la esclavitud en los territorios occidentales que, eventualmente, integrasen la Unión como nuevos estados.
Después de una década de inestables acuerdos con miras a evitar el choque armado, la victoria electoral del republicano Abraham Lincoln, en 1860, precipitó la separación de siete estados esclavistas del sur, que proclamaron la creación de los Estados Confederados de América. Una vez iniciadas las hostilidades, en abril de 1861, otros cuatro estados adhirieron a la causa secesionista. Los estados del norte, por su parte, organizaron la lucha para restablecer la Unión.
De acuerdo con Alexander Stephens, vicepresidente de la Confederación, la «piedra angular» del nuevo Estado descansaba en «…la gran verdad de que el negro no es igual al hombre blanco; que la esclavitud —subordinación a la raza superior— es su condición natural y normal. Este, nuestro nuevo gobierno, es el primero en la historia del mundo, basado en esta gran verdad física, filosófica y moral»[10]. No debe sorprender que, hasta hoy, la bandera confederada represente un símbolo del supremacismo blanco.
La guerra desnudó las acentuadas diferencias estructurales entre ambos bandos. Desde el inicio, la superioridad demográfica, económica y armamentista cupo a la Unión. Hacia 1860, cerca de 22 millones de personas habitaban el norte, que, además, concentraba el 72% de la red ferroviaria del país; el 85% de las fábricas; el 92% de la producción de hierro y acero; y respondía por el 68% de las exportaciones. El desarrollo del tejido industrial norteño, consecuentemente, se tradujo en supremacía militar.
La guerra aceleró la carrera tecnológica. El mundo, en algunos casos por primera vez, vio el efecto mortífero de la artillería ferroviaria, las minas terrestres, la mira telescópica, el telégrafo militar, la ametralladora Gatling, los barcos acorazados, como los célebres ironclads CSS Virginia y el USS Monitor, entre otras innovaciones. Solo en 1862 se emitieron 240 patentes de inventos útiles para uso militar, buena parte de ellos al servicio de la Unión.
El Sur, en cambio, poseía una estructura económica agroexportadora, sostenida en un trípode de latifundio, monocultivo y trabajo esclavo. De sus nueve millones de habitantes, cuatro millones estaban esclavizados. Si bien dos tercios de los sureños no poseían esclavos, la esclavitud impregnaba todos los ámbitos de la sociedad.
Alrededor del 84% de los latifundios se situaban en el sur. La capacidad industrial de los secesionistas, en buena medida por lo anterior, era mínima. El valor de toda la producción manufacturera de la Confederación no alcanzaba el 25% del valor producido, en ese mismo ramo, en Nueva York.
Es común sobredimensionar las pretensiones «antiesclavistas» del Norte. No se debe perder de vista, a ese respecto, que Washington entró en la guerra para preservar la Unión, no para liberar a los esclavizados. No puede decirse que la burguesía norteña fuera menos racista que la sureña. La cuestión central es que, para el Norte, el trabajo «libre» se había mostrado superior a la esclavitud negra en términos de lucro. La abolición, así, no fue el resultado de un idealismo abstracto, sino el requisito material para que el capital industrial pudiera subordinar definitivamente al conjunto de la economía nacional.
El propio Lincoln pensaba que, incluso después de una hipotética emancipación, personas blancas y negras no podrían coexistir en paz. Por ello, el presidente adhería a la idea de deportar contingentes de negros libres a Liberia o Centroamérica[11]. Hasta bien entrada la contienda, Lincoln insistía en que su intención era evitar que la esclavitud se expandiera a los nuevos territorios, no prohibirla donde era legal.
Con todo, la dinámica de una guerra cada vez más larga y costosa impuso la necesidad de socavar definitivamente los cimientos de la economía sureña: la esclavitud. Presionado, el 22 de septiembre de 1862, luego de la victoria estratégica de la Unión en Antietam y considerándola una táctica de guerra, Lincoln oficializó la Proclamación Preliminar de la Emancipación, por la cual desde el 1 de enero de 1863 «…todas las personas mantenidas como esclavos» dentro de los estados rebeldes «son, y en adelante serán libres»[12]. Un hecho histórico, sin duda, aunque limitado. La medida valía para los estados que se había separado, dejando intacta la esclavitud en los cinco estados esclavistas que se habían mantenido en la Unión[13].
No obstante, esa decisión sentenció un cambio significativo en el carácter de la guerra[14]. A partir de 1863, el centro del conflicto pasó a ser, explícitamente, la sobrevivencia o no de la esclavitud. Un renovado entusiasmo cundió en las filas norteñas, sobre todo entre los negros libres o fugitivos, que se alistaron masivamente para defender la causa de la Unión, a la que asociaron su propia suerte. Cerca de 200.000 negros, que se veían a sí mismos como libertadores, sirvieron en el ejército y la marina de los EEUU. Hacia el final de la guerra, los afroamericanos constituían el 10% todo el ejército de la Unión; cerca de 40.000 murieron luchando contra los sureños.
La irrupción en el teatro de operaciones de ese enorme contingente de exesclavizados, la parcela más oprimida de la sociedad, constituyó una poderosa fuerza social que, a la larga, resultó decisiva para la victoria militar de la Unión.
La guerra terminó en abril de 1865. Alrededor de tres millones de soldados habían combatido en más de 10.000 batallas a lo largo de una línea de 1.900 kilómetros. Se estima que murieron 625.000 soldados, aproximadamente el 2% de la población de entonces[15].
Los estados del sur, en bancarrota, fueron ocupados por soldados de la Unión e incorporados gradualmente a los Estados Unidos en el transcurso de los 12 años que duró la llamada Reconstrucción.
La derrota categórica de la Confederación esclavista permitió la emergencia de un nuevo país. La guerra había resuelto dos problemas claves que la nación arrastraba desde su independencia: la unidad territorial y la abolición de la esclavitud negra, definitivamente ilegalizada el 6 de diciembre de 1865, con la Decimotercera Enmienda a la Constitución. La forma radical en la que se concretó este hecho contribuyó decisivamente a transformar el país en una economía industrial sin paralelo en las Américas[16].
La Guerra Civil, con justicia, puede considerarse una «segunda revolución» en la historia estadounidense.
(IV) Dos vías ante el problema de la tierra y el desarrollo industrial
El desenlace de la Guerra Civil (1861-1865), que supuso la reunificación de la nación y la abolición de la esclavitud negra, liberó tal magnitud de fuerzas productivas que, medio siglo después, EEUU rivalizaba con las potencias europeas por la condición de imperialismo hegemónico.
En términos de PIB, la excolonia británica es la mayor economía del mundo desde 1890. El Reino Unido, protagonista de la primera revolución industrial, había quedado rezagado. Si bien mantenía superioridad militar y diplomática, en 1913 la economía de la anterior metrópoli representaba aproximadamente el 43% de la estadounidense[17].
Entre 1865 y 1914, allanado el camino para el trabajo «libre» asalariado, tuvo lugar un proceso de reorganización del Estado nacional y modernización del capitalismo dirigido por la triunfante burguesía norteña, dispuesta no solo a moldear el país a su antojo sino también a expandir su dominio más allá de sus fronteras, comenzando por el resto de las Américas[18].
El nuevo rumbo comenzó a gestarse durante la guerra. Aprovechando la secesión del sur esclavista, el norte liderado por el presidente Lincoln aprobó una serie de legislaciones fundamentales: la ley ferroviaria de 1862 (Pacific Railway Act); las leyes bancarias de 1863-1864 (National Banking Acts); y, principalmente, la ley de asentamientos rurales de 1862 (Homestead Act).
En conjunto, esas medidas apuntaban a expandir, consolidar, integrar y dinamizar un enorme mercado interno, estimulado por el trabajo asalariado, que, a su vez, sirviera de base para el crecimiento industrial.
La Pacific Railway Act autorizó la construcción de la primera línea de ferrocarril transcontinental. Cerca de 21.000 trabajadores, en condiciones muy duras, protagonizaron la hazaña de tender 2.900 kilómetros de vías cortando ríos, cañones, montañas y desiertos[19]. La portentosa obra, inaugurada en 1869, conectó el país de costa a costa y redujo un viaje que superaba cuatro meses a una semana. Hasta 1871 existían 73.000 kilómetros de caminos de hierro[20]. Entre 1871 y 1900 se incorporaron otros 274.000 kilómetros. El gobierno financió el ferrocarril concediendo millones de acres de tierras públicas a empresarios privados[21].
La red ferroviaria aceleró y consolidó la colonización del Oeste, vinculando nuevos territorios con los mercados interno y externo. Dejó atrás las icónicas diligencias, mucho más lentas y arriesgadas. Redujo enormemente los costos de la circulación de mercancías[22] y fuerza de trabajo; dinamizó una serie de ramos empresariales necesarios para su funcionamiento y para el desarrollo e integración de nuevas ciudades; movilizó, además, enormes capitales que impusieron la modernización del sistema financiero.
A ese respecto, las leyes bancarias nacionales de 1863 y 1864, promulgadas inicialmente para facilitar el financiamiento del esfuerzo de guerra, establecieron importantes regulaciones federales sobre los bancos y la administración de la oferta monetaria hasta la creación del sistema de la Reserva Federal (Federal Reserve Act) en 1913[23].
La colonización efectiva del Oeste planteó con fuerza el problema de la tierra. Este es un factor clave en el debate acerca de las diferencias objetivas entre los procesos de desarrollo capitalista en el norte y el sur de las Américas.
Deteniéndonos en este tema, es válida una comparación entre los EEUU y el Brasil decimonónicos en materia de política agraria y sus consecuencias en el desarrollo industrial, dado que ambos países tienen en común un pasado colonial y esclavista, pero cuentan con clases dominantes que se impusieron promoviendo medidas económico-sociales muy distintas.
En el caso de EEUU, puede decirse que la Homestead Act estableció la base para el extraordinario desarrollo de su mercado interno y, con ello, de su capacidad industrial.
A través de ese acto, la burguesía norteña optó por impulsar un régimen de tenencia de la tierra que descansara en medianas y pequeñas propiedades, alentando así la colonización del oeste por fuerza de trabajo libre, nativa o inmigrante. Se trató de un modelo distinto al modelo latifundista y predominantemente agroexportador, apoyado en la esclavitud negra, que imperaba en el sur o en países como Brasil.
En efecto, la Homestead Act disponía una reforma agraria en la que cualquier ciudadano con más de 21 años, jefe de familia, que no hubiera tomado las armas contra el gobierno o colaborado con sus enemigos, podía reclamar 160 acres de tierras públicas, aproximadamente 65 hectáreas[24].
La principal condición era que los beneficiarios se establecieran en esa parcela, y la cultivaran y mejoraran por un tiempo mínimo de cinco años. Superado ese plazo, podían exigir el derecho de propiedad básicamente por el costo del registro administrativo. El ocupante, incluso, podía acelerar ese trámite pagando 1,25 dólares por acre luego de medio año de asentamiento efectivo. Terminada la guerra civil, los soldados de la Unión podían deducir el tiempo de servicio de aquellos plazos[25].
Esta política agraria estadounidense movilizó a decenas de miles de ciudadanos de la costa este, inmigrantes europeos, mujeres y hasta personas anteriormente esclavizadas, que protagonizaron un éxodo hacia el oeste. No todos consiguieron el sueño de la tierra propia y una vida mejor, sin duda. De hecho, el 60% de ese contingente fracasó, pero eso no desmiente la amplitud de la concesión de tierras.
Por supuesto, dado su carácter burgués, la colonización promovida por el gobierno se erigió sobre la masacre y la destrucción del modo de vida de los pueblos originarios; fue una auténtica «acumulación por desposesión». La abrumadora mayoría de los colonos fueron blancos. Además, buena parte de las tierras fue acaparada por especuladores, ganaderos, mineros y, como apuntamos, por empresas de ferrocarriles.
Sin embargo, incluso en ese contexto, se estima que hasta 1904 cerca de 80 millones de acres pertenecían efectivamente a pequeños propietarios, que habían establecido 372.000 granjas.
Durante la vigencia de la Homestead Act, fueron concedidos más de 1,6 millones de títulos de propiedad. Hasta 1988, cuando se adjudicó la última parcela, aproximadamente 270 millones de acres, equivalentes al 10% de la superficie del país, habían sido prácticamente donados por el Estado. Actualmente, alrededor del 90% de los estadounidenses son descendientes de colonos que recibieron tierras públicas.
La opción por el reparto de la tierra en lotes menores, sumada a las demás medidas que apuntamos, amplió el mercado interno y moldeó una pequeña burguesía rural consumidora de productos industriales. El crecimiento de la demanda inspiró inventos y aceleró la producción y la distribución de mercancías de manera formidable. En 1900, con una población que superaba los 76 millones, EEUU era un mercado de masas.
El despegue de la industria, que siguió concentrada en el Norte[26], transformó por completo la sociedad estadounidense. La concentración de capital hizo que un puñado de magnates, los «barones ladrones», acumulara inmensas fortunas. Surgieron nuevas industrias, pronto devenidas en trusts, como la del petróleo, el acero, la energía eléctrica, etcétera. Surgió una amplia clase media que abrazó el American way of life como dogma principal.
La clase obrera, por su parte, producía toda la riqueza en condiciones de sobreexplotación. Enormes contingentes de migrantes rural-urbanos y de inmigrantes engrosaban las filas del joven proletariado. Entre 1870 y 1900, casi 12 millones de inmigrantes entraron en EEUU, el 70% de ellos por Nueva York, la «Puerta Dorada» del «sueño americano». Se estima que, en 1890, tres cuartas partes de la fuerza de trabajo estaba ocupada en actividades industriales.
En ese mismo periodo, las ciudades crecieron a un ritmo espectacular. En 1910, la población urbana superó a la rural[27]. El valor anual de la producción industrial superó a la agrícola en 1890. Una década después, la duplicaba. Entre 1875 y 1920, la producción de acero estadounidense aumentó de 380.000 toneladas a 60 millones de toneladas anuales, convirtiendo el país en líder mundial del sector.
EEUU recibió el siglo XX siendo la principal potencia industrial. En 1913, el coloso norteamericano era responsable por el 36% de toda la producción industrial del mundo, superando largamente a Alemania (16 %) y al Reino Unido (14 %)[28].
La transición de una excolonia, anclada en una economía basada en el sector primario, a un país imperialista ocurrió por una combinación desigual de muchos factores, pero podemos afirmar sin temor a exagerar que ese proceso hubiera sido imposible sin las dos guerras revolucionarias con las que EEUU rompió con su antigua metrópoli y, casi noventa años después, ilegalizó la esclavitud negra.
Nada similar ocurrió en países como Brasil. Si bien la historiografía reciente rescata importantes focos de resistencia y conflictos armados en regiones como Bahía, Piauí o el Gran Pará, el desenlace del proceso de independencia fue esencialmente conducido por la propia Corona. A diferencia de la ruptura revolucionaria estadounidense, la élite brasileña logró una transición pactada y preventivamente amortiguada que aseguró la continuidad del orden monárquico y, sobre todo, la preservación de la estructura esclavista. Esta ‘preservación de lo viejo’ en el seno de la nueva nación bloqueó de entrada cualquier posibilidad de una colosal liberación de fuerzas productivas como la que se vio en Norteamérica.
Esta divergencia en la resolución de las tareas democrático-burguesas se manifestó con especial claridad en el acceso a la propiedad. En la cuestión de la tierra, a pesar de sus límites, la política agraria estadounidense terminaría siendo muy superior —en términos de desarrollo capitalista— al modelo latifundista alentado en el Imperio de Brasil.
(V) La opción por el latifundio agroexportador
Ante el problema de la tierra —con las implicaciones que discutimos en materia de mercado interno y política industrial—, las burguesías latinoamericanas adoptaron un camino diferente de la estadounidense. Aquí nos detendremos, aunque con trazos gruesos, en los casos del Brasil y de la Argentina decimonónicos.
El 18 de septiembre de 1850, el emperador Pedro II firmó la Ley de Tierras[29], que tramitaba en el Parlamento desde 1843, oficializando la opción por el latifundio en detrimento de la pequeña propiedad. Esa legislación es clave para comprender la histórica desigualdad en la tenencia de la tierra, que consolidó una burguesía latifundista hostil a políticas de desarrollo industrial. La influencia de ese sector propietario, ligado umbilicalmente a empresas imperialistas, perdura hasta hoy.
La normativa y el proceso legislativo pusieron de manifiesto la mentalidad de importantes senadores y diputados del período imperial, en general grandes propietarios de tierras y esclavos. Según la Agencia Senado, el entonces senador Costa Ferreira, de Maranhão, manifestó: «Eso de repartir tierras en pequeños bocados no es factible. Solo aquel que nunca fue labrador puede juzgar lo contrario. Son utopías. Nadie se dirige hacia allí [el interior del país]. Nadie quiere arriesgarse»[30].
Un argumento de los latifundistas era que los pequeños campesinos, al contrario que los grandes hacendados, carecían de la fuerza necesaria para expulsar a los indígenas y asentarse en el territorio. Bajo esa suposición, concluía Costa Ferreira, «…la nación lucra mucho, pues, al vender las haciendas nacionales a particulares que las cultiven»[31].
Recordemos que, tras la independencia en 1822, don Pedro I prohibió la donación de nuevas sesmarias, el régimen de reparto de tierras a grandes terratenientes durante la Colonia. Sin embargo, el naciente Imperio no impuso una nueva legislación en su lugar. Esto propició, hasta 1850, la ocupación más o menos libre de tierras públicas no cultivadas. Así surgió una masa de campesinos pobres, con una producción orientada al autoconsumo, que coexistía con poderosos latifundistas que, por medio de la explotación de fuerza de trabajo esclava, producían para la exportación.
Por regla general, ni sesmeiros (grandes plantadores, minoritarios) ni posseiros (pequeños campesinos, mayoritarios) detentaban escrituras legales de las tierras que explotaban. Tampoco existían límites legales entre una tierra y otra. En el contexto de «muchas posesiones de muchos dueños», según el senador paulista Francisco de Paula Souza, los conflictos se resolvían con el «bocamarte [especie de espingarda]»[32], práctica que sigue vigente.
Para el senador Vergueiro, de Minas Gerais, era necesario frenar las «invasiones» de pequeños posseiros por ser dañinas no solo al Tesoro sino a la «civilización, porque esa gente se esparce en medio del desierto (sertão) y se barbariza, no reconoce autoridades sino sus pasiones»[33].
La Ley de Tierras de 1850 significó un salto en la política de consolidación de la estructura latifundista, presente desde el origen de la colonización portuguesa, porque determinó que el acceso a la tierra se daría únicamente por medio de la compra, y ya no por ocupación o posse. La antigua concesión real a título personal fue suplantada por la impersonalidad de la compraventa. En otros términos, aquel que aspirase a una parcela para cultivar y mejorar su vida, estaba obligado a comprarla. La desobediencia sería punida con la cárcel.
La aplicación de la ley, por otra parte, expulsaría a los pequeños productores que habían ocupado tierras públicas. La «amnistía», interregno para sanar irregularidades, favoreció ampliamente a los sesmeiros. Los campesinos pobres, con menos acceso a informaciones y sin poder costear las elevadas tasas de legalización, terminaron expulsados de las tierras que trabajaban.
La Ley de Tierras, como se sabe, llegó de la mano de otra normativa histórica: la Ley Eusébio de Queirós, que entró en vigor dos semanas antes. El Imperio del Brasil, presionado por el Reino Unido, finalmente ilegalizaba el tráfico transatlántico de esclavos en su territorio. A esa altura, los «señores» estaban conscientes de que el fin de la esclavitud era cuestión de tiempo. Surgió, entonces, la apremiante necesidad de resolver el problema de la futura sustitución de la mano de obra esclava.
En ese sentido, la Ley de Tierras mostró ser un instrumento exitoso: al ilegalizar las ocupaciones e imponer la obligación de comprar la tierra, impidió que libertos e inmigrantes accedieran en el futuro a sus propias parcelas. Consecuentemente, esos contingentes estarían forzados a proveer fuerza de trabajo barata y abundante a los latifundistas en los cafetales.
El vizconde de Abrantes expuso esa lógica sin cortapisas:
«El precio debe ser elevado para que cualquier proletario que solo tenga la fuerza de su brazo para trabajar no se transforme inmediatamente en propietario comprando tierras por vil precio. Quedándose inhibido de comprar tierras, el trabajador, por su necesidad, tiene que ofrecer su trabajo al que tenga capitales para comprarlas y aprovecharlas…»[34].
Cuando, de modo extremadamente tardío, la decadente monarquía brasileña abolió la esclavitud, no adoptó ninguna medida económico-social que garantizase la inserción, en condiciones dignas, de los exesclavizados en el mercado libre de trabajo.
En 1888, la masa de trabajadores negros, finalmente «libre», quedó librada a su propia suerte: sin empleo, tierras, educación, vivienda, víctima de un racismo y una violencia estatal brutales hasta hoy. Ni en Brasil ni en el resto de Latinoamérica hubo nada semejante a las oportunidades que la Homestead Act planteó en EEUU.
Tras la caída de la monarquía y la declaración de la República, en 1889, la opulenta burguesía agraria controlaba la economía y la política en Brasil.
En suma, la Ley de Tierras de 1850 —tan capitalista como la Homestead Act pero significativamente menos «democrática», en sentido burgués— fortaleció el latifundio; aumentó el contingente de desposeídos; perpetuó el imperio de la violencia estatal y privada contra los afrodescendientes, los sin tierra y pueblos originarios en el campo; condenó a la agricultura brasileña a un prolongado atraso técnico; y, ante todo, relegó políticas de incentivo a la industria a un lugar marginal hasta bien entrado el siglo XX.
El último Censo Agropecuario realizado en Brasil reveló que más del 75 % de las tierras productivas están concentradas en el 15 % de los propietarios. Mientras millones carecen de una parcela para cultivar para sí y para el país, cerca del 40 % de esos latifundios no son explotados. Otro dato que pone de relieve la desigualdad en el campo es que solo el 1 % de las propiedades rurales cubre el 48 % del territorio agrícola, mientras los pequeños productores, dueños de hasta 10 hectáreas, ocupan el 2,3 % del total. Desde la perspectiva de la influencia del racismo en el problema de la tierra, por otra parte, es escandaloso que el 70 % de los propietarios de 0,1 hectárea sean personas negras[35].
En buena medida, ese drama económico, político y social es herencia de la Ley de Tierras de 1850 y un tardío proceso de abolición de la esclavitud que, si bien estuvo atravesado por tenaces luchas de los afrobrasileños, estuvo controlado y amortiguado por «los de arriba».
«La oligarquía con olor a bosta de vaca gobierna el país»
La frase es de Domingo Sarmiento. El sanjuanino se refiere a la burguesía terrateniente, también conocida como la «oligarquía conservadora», que, en las últimas cuatro décadas del siglo XIX, se consolidó como sector hegemónico de la clase dominante argentina.
En efecto, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, esa oligarquía impuso medidas que modelaron el Estado nacional y la sociedad para ajustarlos a un modelo económico latifundista y agroexportador, con dependencia umbilical de las potencias industriales[36]. Ese proceso, por un lado, sentenció el triunfo histórico de la burguesía del Litoral, especialmente la de Buenos Aires, sobre el Interior, condenado a la marginalidad y el atraso; por otro, cristalizó la inserción del país en el mercado mundial como proveedor de materias primas.
Ese período estuvo atravesado por un brutal proceso de acumulación de tierras. Como muestra, apuntemos la conocida «Conquista del Desierto» (1878-1885), una campaña militar liderada por el general Julio Argentino Roca con el propósito de expandir la frontera agropecuaria hacia el sur. La ofensiva significó un genocidio de los pueblos originarios. Por otra parte, supuso una altísima concentración de la tierra conquistada en pocas manos. Se estima que cerca de 41 millones de hectáreas fueron repartidas entre 1.843 individuos. A José María Martínez de Hoz[37], entonces presidente de la Sociedad Rural —el mismo gremio que sigue representando a los estancieros— le tocaron cerca de 2.500.000 hectáreas; y así pasó con un puñado de apellidos de empresarios, políticos y militares[38].
De tal suerte, las olas de inmigrantes europeos a finales del siglo XIX encontraron toda la tierra repartida; sin condiciones de colonizar el Interior como ocurrió en EEUU; solo les restó la opción de arrendar la tierra o vender fuerza de trabajo por un salario.
La concentración de las tierras alcanzó niveles obscenos. El censo agropecuario de 1914, realizado en pleno auge del «granero del mundo», reveló que el 2 % de las explotaciones concentraban cerca del 50 % de las tierras. El tamaño medio de las propiedades agrarias rondaba las 360 hectáreas. En EE. UU., en cambio, no superaba las 52, y en Australia y Nueva Zelanda era de 70 hectáreas[39].
Los terratenientes asumieron el control del país. El capitalismo argentino, fundado en la estancia y no en la fábrica, mostró estupendos resultados macroeconómicos entre 1870 y 1914, la belle époque añorada por el señor Milei y la oligarquía nativa. De hecho, se trató de un paraíso económico… para ellos.
Se estima que, entre 1864 y 1914, el PIB creció en promedio un 5% anual, dato significativo si consideramos que entre 1869 y 1914 la población aumentó de media un 3,4% por año[40]. Hasta la Primera Guerra Mundial, las exportaciones argentinas representaban el 30% del total de las rentas latinoamericanas por ventas al exterior, aunque el país albergase solo el 9,5% de la población del subcontinente[41].
Pero ese crecimiento, a la larga, demostró ser inestable y una traba para el desarrollo de la industria. Descansaba en el volumen de divisas que ingresaba a raíz de las exportaciones de productos agroganaderos —trigo, linaza, centeno, cebada, maíz, carne congelada y resfriada, lana, cueros, etcétera—, rubros primarios que oscilaban de acuerdo con las fluctuaciones imprevisibles del mercado internacional.
Carente de un ambicioso programa de desarrollo industrial, Argentina fue incapaz de sostener el ritmo de crecimiento de la edad dorada de la «civilización del cuero». El plan industrial de sustitución de importaciones tomaría forma recién en la década de 1930.
Entre otros males socioeconómicos, la pesada herencia del modelo agroexportador se manifiesta en que, hoy, el 0,94% de los propietarios de las mayores extensiones (en promedio, con más de 22.000 hectáreas) acapara el 36% de la tierra[42].
El distinto grado de desarrollo capitalista evidenciado en EEUU y en América Latina no puede explicarse, en esencia, por la «calidad» de la obra colonizadora de anglosajones o ibéricos —un punto de vista que, convengamos, delata una mentalidad servil— sino por la determinación de las burguesías nacionales, en el siglo XIX, para despojarse de las relaciones precapitalistas y destruir los escollos para imponer un proyecto auténticamente independiente en sentido político y económico.
En este sentido, el Estado en Latinoamérica —ya sea bajo el Imperio de Pedro II en Brasil o la «Generación del 80» en Argentina— operó como el instrumento jurídico y militar encargado de asegurar que el capital nacional no fuera industrial, sino rentista. A diferencia del Estado norteamericano, que utilizó la ley para «democratizar» el suelo y expandir el mercado interno, nuestras instituciones fueron diseñadas para blindar el monopolio de la tierra y garantizar el flujo de materias primas hacia las potencias hegemónicas.
Esto implicaba, en términos capitalistas, poblar, ampliar e integrar el mercado doméstico y abrir el paso a la industria. En EEUU, a costo de miles de vidas, ese proyecto triunfó. En América Latina, en cambio, se impuso una lumpenburguesía parasitaria de los recursos naturales y, ante todo, dependiente, satisfecha con su papel de socia menor, intermediaria y gendarme de las potencias imperialistas.
[1] España también recuperó el puerto de La Habana y Manila (Filipinas), que habían sido ocupadas por Gran Bretaña.
[2] Esto corresponde a 23% del territorio actual de EEUU. Francia había recuperado este territorio de manos españolas en 1800 por medio del Tratado de San Ildefonso, sellado en el contexto de las Guerras Napoleónicas.
[3] La doctrina del Destino Manifiesto fue una «idea fuerza» que expresaba la creencia de que los Estados Unidos de América estaban destinados a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico.
[4] Peña, Milcíades. Historia del pueblo argentino. Buenos Aires: Emecé, 2012, p. 73.
[5] Ibidem.
[6] Moreno, Nahuel [1948]. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm (consultado el 01/12/2023).
[7] Novack, George. Cinco siglos de revolución: dos eras de revoluciones sociales. México: Ediciones Uníos, 2000, p. 85.
[8] Hobsbawm, Eric [1977]. A era das revoluções [1789-1848]. 32ª. ed. Río de Janeiro: Paz e Terra, 2013, p. 31.
[9] Documento que reconoce a Estados Unidos como nación independiente, oficializado el 4 de julio de 1776. La Constitución del país, que estableció las bases, tipo y estructura del gobierno, se promulgó el 17 de septiembre de 1787.
[10] Discurso pronunciado el 21 de marzo de 1861. Consultar: https://www.battlefields.org/learn/primary-sources/cornerstone-speech
[11] Consultar: https://www.whitehousehistory.org/the-american-colonization-society
[12] Consultar: https://www.archives.gov/exhibits/american_originals_iv/sections/preliminary_emancipation_proclamation.html#
[13] Los llamados estados fronterizos: Delaware, Kentucky, Maryland, Misuri, Virginia Occidental.
[14] Consultar: https://www.archives.gov/exhibits/featured-documents/emancipation-proclamation
[15] Vale resaltar, a la luz de la espantosa letalidad de la Guerra Civil de EEUU, que el porcentaje de la población civil paraguaya muerta o desaparecida después de la Guerra Guasu se situó entre 60 y 69% del total de habitantes.
[16] La Guerra Civil forzó otras reformas legales. La Decimocuarta Enmienda, propuesta en 1866 y ratificada en 1868, sentenció el derecho a la ciudadanía a cualquier persona nacida en EEUU, garantizándole «protección legal igualitaria». La Decimoquinta Enmienda de la Constitución, en 1870, otorgó a los hombres afroamericanos el derecho a votar. Sin embargo, la mayor parte de ellos no pudo ejercerlo debido a medidas como los impuestos al voto (eliminados recién en 1964) o la imposición de pruebas de alfabetización.
[17] Según datos del economista británico Angus Maddison (1926-2010), especialista en historia macroeconómica, en ese mismo año la economía de los EEUU correspondía a 18% del PIB mundial. El PIB del conjunto de los países latinoamericanos representaba sólo 4% de la economía mundial y cerca de 23% de la estadounidense. Consultar: https://www.rug.nl/ggdc/
[18] Puede decirse que EEUU inicia un modo de injerencia más abierta y agresiva en Latinoamérica a partir de la intervención de Washington en la guerra hispano-estadounidense de 1898, que resultó en la independencia cubana de España.
[19] Se estima que 85% de la mano de obra del Central Pacific Railroad, la línea que unió el este con el oeste, estuvo compuesta de inmigrantes chinos.
[20] Para los nacionalistas adeptos al mito del «Paraguay-potencia» vale recordar, a modo de comparación, que el ferrocarril paraguayo alcanzó 72 kilómetros de vías en 1864. En 1870, el Imperio de Brasil contaba con cerca de 745 kilómetros de vías, y Argentina, con 722.
[21] Consultar: https://www.loc.gov/classroom-materials/united-states-history-primary-source-timeline/rise-of-industrial-america-1876-1900/railroads-in-late-19th-century/
[22] En 1880, el ferrocarril transcontinental transportaba mercancías por valor de 50 millones de dólares anualmente. Para los pasajeros individuales, el costo del viaje de costa a costa se redujo 85%.
[23] Consultar: https://www.federalreservehistory.org/time-period/before-the-fed
[24] Consultar: https://www.archives.gov/milestone-documents/homestead-act
[25] Consultar: https://www.nps.gov/home/learn/historyculture/abouthomesteadactlaw.htm
[26] Especialmente en el Manufacturing Belt, en el nordeste y medio oeste. Debido al declive de la industria, esa región es conocida, desde la década de 1970, como Rust Belt.
[27] En 1950, la población urbana en Brasil representaba 36% del total.
[28] North, D. (1969). Una nueva historia económica. Crecimiento y bienestar en el pasado de los Estados Unidos. Madrid: Tecnos, p. 43.
[29] Consultar: http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/LEIS/L0601-1850.htm
[30] Consultar: https://www12.senado.leg.br/noticias/especiais/arquivo-s/ha-170-anos-lei-de-terras-desprezou-camponeses-e-oficializou-apoio-do-brasil-aos-latifundios#:~:text=Em%2018%20de%20setembro%20de,e%20n%C3%A3o%20em%20pequenas%20propriedades
[31] Idem.
[32] Idem.
[33] Idem.
[34] Idem.
[35] Consultar: https://www.brasildefato.com.br/2022/12/15/pretos-e-pardos-tem-menos-terra-e-estao-mais-vulneraveis-a-inseguranca-fundiaria
[36] Un modelo de acumulación con puntos en común con el de Brasil, pero con mucho menos peso de la esclavitud, que en Argentina se abolió en 1853.
[37] Bisabuelo del Martínez de Hoz que fue ministro de Economía de la última dictadura militar.
[38] Consultar: https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-145745-2010-05-16.html
[39] Consultar: https://www.infobae.com/opinion/2019/07/28/argentina-canada-y-australia-tres-paises-con-distinto-destino/
[40] Lenz, M. H. (2012). O período de intenso crescimento econômico argentino de 1870 a 1930: uma discussão. En: História Econômica & História de Empresas, v. 6, n. 2, 19 jul. 2012, p. 132.
[41] Ídem, p. 131.
[42] Datos de Oxfam. Consultar: https://www.oxfam.org.br/publicacao/desterrados-tierra-poder-y-desigualdad-en-america-latina/