Una revolución olvidada
03/04/2026
Esta es la historia de un proceso revolucionario que derrocó a una monarquía y llevó al colapso a un imperio, la historia de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht, la historia de una Navidad sangrienta y un Año Nuevo de insurrección, la historia de una derrota que allanó el camino al ascenso del fascismo y marcó la historia del siglo XX.
Por Ronald León Núñez
Entre noviembre de 1918 y enero de 1919, Alemania fue sacudida por un proceso revolucionario detonado por el descalabro militar en la Primera Guerra Mundial y el impacto de la Revolución rusa. Aquella insurrección colocó el poder obrero y socialista en primer plano, precipitó la abdicación del káiser Guillermo II y socavó los cimientos del imperialismo alemán. Aunque quedó eclipsada por acontecimientos como el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, un desenlace distinto podría haber alterado profundamente la historia europea del siglo XX y, en buena medida, la del mundo. Rescatar del olvido esa gesta obrera y reflexionar sobre sus enseñanzas sigue siendo una tarea necesaria.
El colapso del frente occidental en septiembre de 1918 acentuó el hartazgo de la población ante los salarios reales hundidos, la miseria, el racionamiento y la percepción de estar librando una batalla perdida. El descontento creciente se manifestaba en deserciones, asambleas y las grandes huelgas de 1916, 1917 y 1918[1].
En las calles se quebró la «Unión Sagrada» que había sustentado el chovinismo bélico y se hizo evidente la bancarrota del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), de origen marxista, que al votar los créditos de guerra en 1914 traicionó el internacionalismo proletario.
La falencia del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD)
El SPD era entonces la principal fuerza obrera de Europa: con más de un millón de afiliados, controlaba los «sindicatos libres», que organizaban a 2,5 millones de trabajadores. Este enorme aparato –que incluía 90 periódicos con 267 periodistas, «casas del pueblo» y una amplia red de universidades populares, clubes y bibliotecas– empleaba a más de 10.000 funcionarios remunerados. La preservación de este patrimonio material, resultado de una capacidad organizativa impresionante pero también fuente de privilegios para la burocracia partidaria y sindical, se convirtió en prioridad absoluta, transformando al partido en una fuerza conservadora y temerosa de cualquier acción que pudiera poner en riesgo su existencia legal.
En 1912, el SPD obtuvo 4,2 millones de votos y 110 escaños en el Reichstag, convirtiéndose en el principal partido parlamentario. A medida que aumentaba su peso electoral, crecía también el ala reformista, que defendía una «evolución» gradual y pacífica hacia el socialismo e incluso justificaba la política colonial alemana. El socialismo alemán, como es sabido, era la referencia de la Segunda Internacional. Sin embargo, ante la guerra «por el reparto del mundo», en vez de llamar a la clase obrera a voltear las armas contra sus gobiernos, alimentó un socialchovinismo que envió a millones de obreros alemanes a matar a obreros de otros países en nombre de los intereses de su burguesía nacional.
Desde el voto a los créditos de guerra en 1914, la política del Burgfrieden –paz social con el imperio– subordinó al SPD y a la cúpula sindical a la continuidad del esfuerzo bélico y de los beneficios extraordinarios de los grandes conglomerados industriales que se enriquecían con la contienda, como Krupp, Thyssen, BASF, Bayer o el naciente trust IG Farben. Carl Legien, líder de los sindicatos socialdemócratas, fue una pieza clave en este engranaje: tanto él como la dirección del partido hicieron lo posible por contener y derrotar desde dentro las huelgas políticas y el movimiento emergente de consejos. Tras el estallido revolucionario, el pacto Stinnes-Legien del 15 de noviembre de 1918 renovó esa colaboración de clases: Hugo Stinnes, uno de los magnates más poderosos de Alemania, acordó concesiones laborales –como la jornada de ocho horas– a cambio de preservar la propiedad capitalista y desactivar el poder de los consejos obreros.
Los espartaquistas
Así, el SPD se puso al servicio de impedir la lucha de clases para que la burguesía alemana pudiera, primero, proseguir la guerra y, luego, salvar el orden social que garantizaba sus fortunas.
Los únicos que se opusieron a la política de la mayoría del SPD fueron los sectores revolucionarios e internacionalistas, encabezados por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin y Franz Mehring, entre otros.
En 1914, estos sectores formaron el Gruppe Internationale, fracción del SPD. Liebknecht fue el único diputado socialista que votó en contra de los créditos de guerra en diciembre de ese año y, al igual que Rosa Luxemburgo, fue encarcelado en distintos momentos entre 1915 y 1918 por su oposición a la guerra. A pesar de la represión, la fracción se consolidó a comienzos de 1916 como el Grupo Espartaco (Spartakusgruppe), que actuó dentro del USPD[2], aunque con independencia. Tras el estallido revolucionario, adoptaría el nombre de Liga Espartaquista (Spartakusbund), núcleo del Partido Comunista Alemán (KPD) fundado en diciembre de 1918.
La sublevación de los marineros de Kiel
Desde 1916, el poder real había pasado a manos del Mando Supremo del Ejército (Oberste Heeresleitung, OHL), dirigido por Hindenburg y Ludendorff, que instauró una dictadura militar de facto, reforzando la censura y la represión interna. En el frente, los soldados soportaban privaciones crecientes; en la retaguardia, el Estado imperial impuso una estricta disciplina militar en las fábricas, con jornadas de hasta doce horas y desplome del poder adquisitivo de la clase obrera. Todo con el respaldo político del SPD, que mantenía su compromiso con el esfuerzo bélico bajo el Burgfrieden.
El punto de inflexión del proceso se dio el 29 de octubre de 1918 con el motín de los marineros de Kiel. La negativa a cumplir una orden suicida del Alto Mando (OHL) –una ofensiva naval contra la flota británica en el canal de la Mancha– derivó en rebelión: los marineros desarmaron a los oficiales, tomaron los buques de guerra, ocuparon los arsenales, liberaron a sus camaradas presos y, con el apoyo de los trabajadores de los astilleros, formaron un Consejo de Obreros y Soldados que asumió el control efectivo de Kiel.
Los sublevados resistieron la represión y, en la mañana del 5 de noviembre, la bandera roja ondeaba en los buques de la Marina Imperial anclados en el puerto. La Revolución alemana había comenzado.
Delegaciones de marineros de Kiel llevaron la insurrección hacia Hamburgo, Bremen, Hannover, Colonia, Múnich y Berlín, impulsando la creación de consejos de obreros y soldados y su rápida articulación. Estos consejos eran electos directamente por las bases y sus representantes podían ser revocados en cualquier momento.
En pocos días, el movimiento adquirió un carácter abiertamente político: exigía la paz inmediata, una profunda democratización del Estado y del Ejército y la abdicación de Guillermo II. El SPD, completamente adaptado a las instituciones del Estado burgués, hizo lo posible por contener la revolución y mostrarse confiable ante la clase dominante y el alto mando militar. El 3 de octubre de 1918, el príncipe Max von Baden asumió como último canciller del Imperio e incorporó por primera vez a líderes del SPD al gabinete: Philipp Scheidemann como secretario de Estado y Gustav Bauer al frente del nuevo Ministerio de Trabajo. Gustav Noske, futuro ministro de Defensa, fue enviado a apaciguar la rebelión en Kiel. La función central del SPD fue respaldar las negociaciones y frenar las insurrecciones que se extendían desde Kiel, desactivando los consejos de obreros y soldados. Friedrich Ebert, principal dirigente socialdemócrata, expresó claramente su posición el 7 de noviembre en conversación con el príncipe: «Si el emperador no abdica, la revolución social es inevitable. Pero yo no la quiero; la odio con toda mi alma».
Dualidad de poderes
La revolución llega a Berlín el 9 de noviembre de 1918 con una huelga general insurreccional. El káiser abdica y huye del país. Casi al mismo tiempo, se desencadenan procesos revolucionarios en el Imperio Austrohúngaro, aliado estratégico de la monarquía alemana. En Austria y Hungría también surgieron consejos de obreros y soldados, siguiendo el ejemplo ruso, pero –igual que el SPD en Alemania– las direcciones socialdemócratas locales actuaron para contener la revolución y encauzarla hacia la instauración de repúblicas burguesas. El núcleo de los imperios centrales de 1914 se derrumbaba al unísono.
Cabe destacar papel decisivo que los Revolutionäre Obleute (ROs) –delegados obreros elegidos en las grandes fábricas de Berlín que impulsaron las huelgas desde 1916– jugaron en la caída del II Reich y la instauración de los consejos de obreros y soldados el 9 de noviembre de 1918. Aunque colaboraron con la Liga Espartaquista durante la insurrección y participaron en la creación del KPD en diciembre, mantuvieron una estrategia autónoma y consejista, desconfiando del centralismo partidario. Por eso, dirigentes como Richard Müller no se integraron plenamente al KPD.
El 9 de noviembre de 1918 quedó marcado por la coexistencia de dos proyectos de poder. Desde el Palacio Imperial, Karl Liebknecht proclamó la «República Socialista Libre de Alemania», sostenida en los consejos de obreros y soldados que se extendían por todo el país. Horas antes, desde un balcón del Reichstag, Philipp Scheidemann había anunciado una república parlamentaria, destinada a preservar el Estado burgués con fachada «democrática» y a mantener intacta la estructura del Ejército. Aquella disputa entre dos repúblicas resumía el choque central del proceso revolucionario: consejos o parlamento; revolución socialista o continuidad del orden capitalista. Por un lado, el poder obrero emergente, encarnado en los consejos; por otro, el poder burgués en crisis, sostenido por el viejo aparato administrativo y militar, que sobrevivía gracias al apoyo del SPD. La dirección socialdemócrata había decidido que su principal enemigo no era el orden capitalista ni los restos de la monarquía, sino la revolución obrera que amenazaba con transformarlo todo.
Esa dualidad de poderes –expresión aguda de la lucha de clases– no podía sostenerse por mucho tiempo. Ambas clases sociales se preparaban para un embate definitivo. En Moscú y Petrogrado, los bolcheviques depositaban enormes esperanzas en el impulso que una revolución triunfante en Alemania podría dar a la revolución europea.

En ese contexto, tras la caída de la dinastía Hohenzollern, se conformó un gobierno provisional denominado Consejo de los Comisarios del Pueblo (Rat der Volksbeauftragten), coalición del SPD y el USPD. Ebert asumió como jefe del gobierno. El reformismo socialdemócrata y el centrismo del USPD llegaban así al poder y, como administradores del orden burgués, redoblaron sus esfuerzos para frenar y desviar la revolución en curso.
El pacto entre el SPD y el Alto Mando militar
Desde el primer día, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo se situaron en la oposición al nuevo gobierno. Su crítica a la línea del SPD fue implacable. Desde la Liga Espartaquista, orientaron el proceso hacia la conquista del poder socialista a través de los consejos. Una vez liberada de la prisión de Breslau, Rosa volcó todas sus energías en la edición del periódico Die Rote Fahne (La Bandera Roja), dedicado a impulsar la salida socialista.

El choque entre revolución y contrarrevolución se intensificaba. La crisis del Estado capitalista, el colapso del Ejército y el poder de atracción de los sóviets rusos creaban condiciones objetivas excepcionales para trascender los límites de la democracia liberal, socializar la propiedad burguesa y avanzar hacia la construcción de una auténtica democracia obrera.
Entonces, un día después de la caída de la monarquía, Ebert dio un paso decisivo para aplastar la revolución: pactó en secreto con el general Wilhelm Groener, comandante del OHL. A cambio de que el gobierno garantizara la continuidad del antiguo orden y combatiera la amenaza «bolchevique», el Ejército se comprometía a sostener al gabinete socialdemócrata. Gracias a este acuerdo, la burocracia imperial, los generales, la policía y los jueces monárquicos permanecieron en sus puestos.
El pacto fue decisivo para bloquear todo avance hacia una República de Consejos (Räterepublik). Con la aprobación del SPD, el Ejército organizó la represión de las huelgas, el desarme de las milicias obreras y el desmantelamiento de los consejos. Este eje contrarrevolucionario, reforzado luego por la acción de grupos armados de ultraderecha, permitió aplastar sangrientamente la insurrección de enero de 1919 y encauzó el proceso revolucionario hacia una república burguesa parlamentaria que sería consagrada en la Asamblea Constituyente reunida en Weimar.
Navidad sangrienta
En diciembre de 1918, la revolución alemana ingresó en una fase decisiva. El ambiente estaba caldeado. El 28 de noviembre habían aparecido en Berlín carteles que llamaban al asesinato de Karl Liebknecht, y Rosa Luxemburgo era blanco de ataques antisemitas en la prensa de ultraderecha.
Entre el 16 y el 21 se reunió el Congreso Nacional de los Consejos de Obreros y Soldados, que rechazó asumir directamente el poder y decidió convocar elecciones para una Asamblea Constituyente en enero de 1919.

Ese congreso fue dominado por el SDP. De los 489 delegados, alrededor de 288 pertenecían a ese partido (cerca del 59%), unos 90 al USPD y el resto provenía de sectores sin afiliación clara. Los espartaquistas no tuvieron representación propia: carecían de una organización partidaria nacional, lo que los dejó en desventaja en un sistema de elección indirecta, fuertemente condicionado por la influencia organizativa y política del SPD –que controlaba el gobierno, dirigía los grandes sindicatos y controló el proceso de elección de los delegados–. Ello fue determinante para una abrumadora correlación de fuerzas.
Mientras tanto, las huelgas y ocupaciones de fábricas se intensificaban en todo el país –con especial fuerza en Berlín, en la cuenca del Ruhr y en Bremen–. Comités de fábrica y consejos radicalizados exigían no solo aumentos salariales, sino también control obrero sobre la producción. En este período comenzaron a formarse las primeras unidades de los Freikorps, integradas por oficiales desmovilizados, veteranos reaccionarios y jóvenes nacionalistas, que pronto se convertirían en el principal brazo paramilitar de la contrarrevolución.
La tensión alcanzó su punto máximo en la llamada «Crisis de Navidad», entre el 23 y el 25 de diciembre de 1918. El gobierno de Ebert decidió suspender los salarios de la División Naval del Pueblo (Volksmarinedivision), formada por unos 3000 marineros provenientes de Kiel, con el objetivo de forzar su desmovilización y neutralizar su potencial revolucionario. Como respuesta, los marineros se sublevaron, ocuparon la Cancillería y detuvieron a Otto Wels, comandante de la guarnición de Berlín, el 23 de diciembre.
El 24 de diciembre, el gobierno –en alianza con el Alto Mando Militar– ordenó al Ejército atacar el Palacio Real, donde los marineros rebeldes estaban acantonados. Aunque murieron al menos 40 personas, el intento de aplastar a los rebeldes fracasó, pues la solidaridad obrera masiva en la capital obligó al Ejército a replegarse. La División Naval del Pueblo emergió como un símbolo de la revolución para los sectores obreros más combativos.

El conflicto tuvo consecuencias políticas inmediatas. El 27 de diciembre estalló una crisis y se rompió la coalición de gobierno entre el SPD y el USPD debido a desacuerdos sobre la represión. El 29 de diciembre renunciaron los tres representantes del USPD en el gabinete, denunciando la política del SPD y su colaboración con la contrarrevolución. Fueron sustituidos por tres miembros del SPD, que pasó así a gobernar en solitario, reforzando su alianza estratégica con la cúpula del Ejército.
La ruptura con el USPD y la represión aceleraron la desilusión de miles de obreros con la socialdemocracia, abriendo un espacio político a la izquierda. En ese clima de huelgas, choques armados y creciente polarización, la Liga Espartaquista y otros grupos revolucionarios convocaron el congreso fundacional del Partido Comunista Alemán (KPD), que se desarrolló entre el 30 de diciembre de 1918 y el 1 de enero de 1919. Alemania avanzaba inexorablemente hacia el enfrentamiento decisivo: la insurrección de enero de 1919.
KPD: «Todo el poder a los consejos»
La fundación del Partido Comunista Alemán (KPD), formalizada el 1 de enero de 1919, fue fruto de la experiencia práctica de los sectores más radicalizados de la clase obrera, entre ellos miles que se habían identificado anteriormente con el SPD y el USPD. La Liga Espartaquista, junto a otros grupos revolucionarios, promovió su creación inspirándose en la victoria de la Revolución Rusa. El KPD adoptó consignas como «Todo el poder a los consejos», «Desarme de la policía y armamento del proletariado» y «Expropiación de la gran industria bajo control obrero», y expresó una firme oposición a la Asamblea Constituyente mediante una campaña de boicot, posición que Rosa Luxemburgo criticó por motivos tácticos. Karl Radek, enviado extraoficialmente por el gobierno soviético, fue clave en las negociaciones y discusiones previas al congreso.

El 14 de diciembre de 1918, Rosa Luxemburgo escribió en el periódico Die Rote Fahne: «¿Qué queremos? La dictadura del proletariado; es decir, el poder de los consejos de obreros y soldados. Estos consejos son el verdadero baluarte de la revolución y el fundamento del poder político del socialismo. La tarea del momento es poner todo el poder político en manos de los consejos de obreros y soldados e impedir todo intento de la burguesía y de sus auxiliares socialdemócratas de restaurar la vieja maquinaria estatal o de conferir un papel decisivo a la Asamblea Nacional. La dictadura del proletariado es la única forma en la que puede realizarse la libertad de las masas trabajadoras».
Enero Rojo
La destitución de Emil Eichhorn, jefe de la Policía de Berlín y dirigente del USPD, el 4 de enero de 1919 fue percibida como una provocación del gobierno de Ebert y desató una movilización espontánea que puso a prueba a los comunistas. El KPD y el USPD impulsaron de inmediato un llamamiento unitario a una gran manifestación para el día siguiente. Así, el 5 de enero, más de 200.000 obreros, muchos de ellos armados, tomaron las calles y ocuparon estaciones ferroviarias, imprentas y otros puntos estratégicos de Berlín.
El levantamiento no formaba parte de ningún plan del KPD, que en realidad fue sorprendido por los acontecimientos. Nacido de la base obrera y alimentado por la creciente desconfianza hacia el gobierno del SPD y por la convicción de que la revolución estaba siendo traicionada, desbordó cualquier previsión de los dirigentes. Karl Liebknecht, presionado por la movilización, terminó defendiendo la huelga general insurreccional para «tomar el poder», mientras Rosa Luxemburgo advertía que un choque frontal y una insurrección prematura, sin mayoría en los consejos obreros, podía conducir al desastre. Aun así, ambos se involucraron de lleno en el proceso, intentando orientarlo hacia una salida revolucionaria.
El SPD aprovechó la falta de dirección unificada del levantamiento. Friedrich Ebert y Gustav Noske –ministro de Defensa, también del SPD– ordenaron la intervención de tropas regulares y reforzaron el papel de los Freikorps, a quienes dieron carta blanca. Entre el 7 y el 11 de enero de 1919, la oleada revolucionaria se extendió por varias ciudades: Hamburgo, Brunswick, Múnich, Berlín, Spandau, Dresde, Stuttgart y Leipzig. El Ejército respondió con fuego en distintos puntos del país. Entre combates en las calles y detenciones de dirigentes revolucionarios, se proclamó la República de los Consejos en Bremen[3].
El 9 de enero comenzó la represión sistemática. Tres días después, los Freikorps entraron en Berlín. Entre el 12 y el 14, la resistencia obrera fue aplastada barrio por barrio bajo ley marcial: centenares fueron torturados y fusilados sumariamente. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht se vieron obligados a pasar a la clandestinidad.
El 15 de enero tuvo lugar el crimen que simbolizó la contrarrevolución: Rosa y Karl fueron localizados, detenidos y brutalmente asesinados por los Freikorps, que actuaban con el aval político del gobierno socialdemócrata. Tras ser torturado en el Hotel Eden, Liebknecht fue ejecutado en el Tiergarten, y Luxemburgo fue golpeada, asesinada de un disparo y arrojada al canal Landwehr. El 16 de enero, el periódico del KPD fue prohibido.
La responsabilidad política del gobierno del SPD es patente: alentó y movilizó las fuerzas que perpetraron los asesinatos, otorgándoles cobertura legal y política. Así se cerró el capítulo más sangriento de la contrarrevolución alemana, dejando claro hasta dónde podía llegar el reformismo socialdemócrata para defender el orden burgués.
Sin Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, el movimiento revolucionario quedó descabezado y desmoralizado. Las condiciones objetivas estaban maduras para una revolución socialista. Faltó, lamentablemente, el elemento subjetivo. La ausencia de dirección revolucionaria experimentada, forjada en el calor de las luchas obreras, con suficiente influencia para organizar la resistencia y la ofensiva contra el poder burgués, sumada al agotamiento de los consejos obreros y de soldados, permitió al SPD recuperar la iniciativa política. Aprovechando la sensación de caos, Ebert impulsó rápidamente la convocatoria a la Asamblea Constituyente de Weimar como salida institucional a la crisis.
La derrota
Las elecciones de la Asamblea Constituyente, celebradas el 19 de enero de 1919, consolidaron la derrota de la revolución «por la vía democrática». El SPD, con 38% de los votos, obtuvo una mayoría suficiente para encaminar la transición hacia una república parlamentaria. A esa altura, amplios sectores burgueses veían en Ebert un aliado confiable frente al peligro revolucionario.
El 24 de enero, la policía abrió fuego contra una manifestación de trabajadores desempleados en Berlín. El 29, falleció Franz Mehring, veterano dirigente espartaquista y biógrafo de Marx. El 10 de marzo, Leo Jogiches, principal dirigente del KPD en ese momento, fue asesinado mientras investigaba por su cuenta el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. En dos meses, el KPD vio aniquilada casi por completo su dirección histórica fundadora.
La Constitución de Weimar, promulgada en agosto de 1919, instauró un régimen democrático-liberal que preservaba la propiedad privada capitalista y dejaba prácticamente intactas las estructuras fundamentales del antiguo Estado imperial: la burocracia, el poder judicial y el alto mando militar.
Tras las elecciones, la polarización social continuó: desde febrero de 1919, estallaron huelgas generales en Berlín, Leipzig y la cuenca del Ruhr[4], seguidas de enfrentamientos armados en varios centros industriales, como los combates de Halle en marzo de 1919. La represión militar ordenada por el gobierno socialdemócrata provocó cientos de muertos, marcando un nuevo retroceso de la influencia de los consejos obreros.
El asesinato de Kurt Eisner, dirigente del USPD y primer ministro de Baviera, el 21 de febrero de 1919, desencadenó la declaración del estado de sitio en Múnich e impulsó, semanas después, la proclamación de la República de los Consejos de Baviera. Esta experiencia revolucionaria fue aplastada por el ejército y los paramilitares de extrema derecha en mayo, con una dura represión que incluyó el fusilamiento de sus principales dirigentes, entre ellos Eugen Leviné, figura central del comunismo bávaro, ejecutado el 5 de junio de 1919[5]. En Berlín, entre el 3 y el 16 de marzo de 1919, los Märzkämpfe (Combates de Marzo) —oleada de huelgas y protestas de los consejos obreros— fueron reprimidos con extrema violencia por el gobierno socialdemócrata, dejando un saldo de entre 600 y 1200 trabajadores ejecutados. Se decretó el estado de sitio, vigente hasta el 5 de diciembre, para sofocar definitivamente la agitación. Esta derrota marcó el ocaso de los consejos en la capital y selló la estabilización conservadora del país.
Así, la revolución alemana fue derrotada no solo por las armas, sino también por medio de un marco legal e institucional que resguardó el orden capitalista bajo formas parlamentarias, sofocando el impulso revolucionario de los consejos de obreros y soldados, que fueron disolviéndose a medida que las instituciones liberales ocupaban el espacio político. La traición del SPD, que en lugar de actuar como herramienta política revolucionaria pactó con la gran burguesía alemana, fue decisiva para ese desenlace.
Consecuencias desastrosas
La derrota de la revolución alemana alumbró la República de Weimar, un régimen frágil e incapaz de resolver las urgencias de las masas obreras y de las clases medias durante la primera posguerra. Aunque la inestabilidad se extendió hasta 1923, los sucesos posteriores fueron, en esencia, un eco del fracaso de 1919.
En poco tiempo se evidenció el crecimiento de grupos nacionalistas y extremistas nutridos por veteranos de los Freikorps, estimulados y protegidos por el propio SPD. Esos escuadrones paramilitares fueron decisivos para difundir el mito de la «puñalada por la espalda» y canalizar el descontento social provocado por la crisis económica y la humillación impuesta por el Tratado de Versalles hacia una salida ultraderechista.
En ese contexto, el nacionalsocialismo encontró un terreno fértil: heredó cuadros, métodos y parte de la base social procedente de los Freikorps, convirtiéndose en una fuerza capaz de disputar el poder en los años siguientes. Figuras siniestras como Ernst Röhm —jefe de las SA— y Rudolf Höss —futuro primer comandante del campo de exterminio de Auschwitz— militaron en los Freikorps antes de unirse al nazismo. El peligro totalitario ya se manifestaba en los golpes de Estado fracasados de Kapp (1920) y de Hitler (1923), que anticiparon el ascenso posterior del régimen hitleriano. Todo ello fue el resultado, en parte, de los pactos del SPD con fuerzas anticomunistas para aplastar la revolución, alianzas que terminaron por fortalecer a los sectores reaccionarios que luego impulsarían la dictadura nazi.
Por otro lado, la derrota tuvo consecuencias decisivas en el ámbito internacional, especialmente para la joven revolución rusa. Los dirigentes bolcheviques concebían su revolución nacional como parte de la revolución europea. Veían en el triunfo de la clase obrera alemana la posibilidad de romper el aislamiento económico y cultural de la Rusia soviética. La revolución alemana, según los rusos, era clave para acceder a una industria desarrollada, técnicos calificados y redes culturales que permitieran consolidar y profundizar la transición al socialismo en un inmenso país que había heredado los males de un capitalismo atrasado y básicamente agrario. El fracaso del movimiento alemán frustró estas expectativas y dejó a la Rusia soviética aislada, exhausta y enfrentando dramáticos desafíos materiales y militares.
Ese aislamiento fortaleció a los sectores más conservadores y burocráticos del Estado soviético, que se apoyaron en la desaparición física de miles de cuadros revolucionarios –tras años de guerra mundial, revolución social y guerra civil–, el cansancio de las masas y la derrota de una serie de procesos revolucionarios en Europa para consolidar su poder. En este contexto surgió la teoría del «socialismo en un solo país», promovida por Stalin y Bujarin tras la muerte de Lenin, que abandonaba el internacionalismo revolucionario para justificar la construcción del socialismo exclusivamente en la URSS, aceptando la coexistencia pacífica con el imperialismo. Esa teoría –opuesta al marxismo–, aplicada como política concreta, contribuyó a la consolidación de una burocracia privilegiada, una casta social parasitaria que terminaría ahogando la revolución soviética desde dentro y allanando el camino para la restauración capitalista desde la segunda mitad de la década de 1980.
La revolución alemana de 1918-1919 –la «Novemberrevolution»–, que hemos recorrido en esta serie, aunque silenciada y olvidada, pudo haber cambiado esa dinámica histórica. Estudiarla es una obligación para todos aquellos que quieren cambiar el mundo, no solo interpretarlo. Nuevos berlines vendrán, tal como escribió Rosa en su último artículo: «¡“El orden reina en Berlín”! ¡Estúpidos lacayos! Vuestro “orden” está levantado sobre arena. Mañana, la revolución se alzará de nuevo y, para terror vuestro, anunciará con todas sus trompetas: ¡Fui, soy y seré!».
[1] En la «Gran Huelga de Enero» (28/01/1918), organizada por los Revolutionäre Obleute, un millón de obreros (400.000 en Berlín) exigieron la paz sin anexiones y la democratización de Prusia. La dirección del SPD se integró al comité de huelga para desactivarla desde dentro. Fue aplastada militarmente el 4 de febrero y miles de huelguistas fueron represaliados y enviados al frente.
[2] USPD: Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, escisión del SPD fundada en 1917. Agrupaba a sectores heterogéneos (desde revisionistas hasta revolucionarios) unidos por su oposición a la guerra.
[3] En Bremen, obreros y marineros proclamaron una República de Consejos el 10 de enero de 1919, impulsando el control obrero bajo influencia del USPD y del KPD. El gobierno del SPD envió a los Freikorps, que la destruyeron el 4 de febrero de 1919 tras pocos días de combates. La represión dejó aproximadamente 25-40 muertos y unos 200 detenidos.
[4] Poco después, en 1920, en la cuenca del Ruhr —la principal región industrial alemana— los consejos de fábrica y milicias obreras protagonizaron una insurrección tras el Putsch de Kapp, un intento fallido de golpe de Estado de extrema derecha, formando el Ejército Rojo del Ruhr, con entre 50.000 y 80.000 combatientes. Durante algunas semanas controlaron varias ciudades, hasta que en abril de 1920 los Freikorps y el ejército los derrotaron militarmente. La represión dejó cientos de ejecutados y miles de detenidos.
[5] En Múnich, el 7 de abril de 1919 los consejos obreros proclamaron la República de Consejos de Baviera. Intentaron socializar la banca, impulsar una educación laica y establecer el control obrero de la economía, buscando emular el poder de los soviets rusos. El gobierno del SPD, apoyado por el ejército bávaro y los Freikorps, ocupó la ciudad tras duros combates callejeros. El 2 de mayo, la república fue destruida, dejando entre 600 y 1200 muertos y más de 10.000 detenidos. Fue el episodio más sangriento de toda la ola revolucionaria alemana. Baviera se convertiría, después, en bastión del nazismo.