Friedrich Engels, cofundador del socialismo científico
03/04/2026
Este 2025 que termina es el año del 130 aniversario luctuoso de Friedrich Engels, «el General», uno de los intelectos más agudos del siglo XIX. Contra los intentos de deslindar su obra de la de Karl Marx, la mutua influencia y la colaboración fueron sustanciales para ambos. Comprender y rescatar su legado es, por ello, defender la integridad del marxismo.
Por Ronald León Núñez
«No es posible comprender el marxismo ni exponerlo de un modo completo –escribió Lenin en 1914– sin tener en cuenta todas las obras de Engels»[1]. Pese a este reconocimiento, la obra de Engels ha sido atacada desde el siglo XX por intelectuales –como György Lukács, Jean Paul Sartre y Louis Althusser, entre otros– empeñados, en nombre de un pretendido purismo marxista, en separar su pensamiento del de Marx señalando supuestas diferencias teóricas, programáticas y metodológicas entre ambos[2].
No es ningún secreto que el nombre de Engels descansa a la sombra del de Marx. La reducción de su papel al de amigo y sostén financiero de la familia Marx es moneda corriente. Y es injusta, aunque Engels mismo, en repetidas ocasiones, haya definido su contribución con gran modestia: «Lo que yo aporté […] pudo haberlo aportado también Marx aun sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que todos nosotros juntos. Marx era un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él, la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre»[3]
Son palabras generosas. No en vano el antiguo dirigente cartista Julian Harney escribió a Engels en 1893: «Pienso que nadie tuvo nunca, al menos en tiempos modernos, un amigo y un defensor tan fiel, tan dedicado como el que Marx encontró en usted»[4]. Llevaba razón. Es casi imposible encontrar en la historia moderna una simbiosis intelectual tan perfecta como la de los autores del Manifiesto Comunista. Eran complementarios; la influencia mutua fue una constante inspiración para ambos. Es inaceptable divorciar la obra de Marx de la de Engels. El genio de Marx es incuestionable, pero la talla intelectual y el arrojo militante del «General» no fueron menores. Reivindicar la herencia teórico-política de Engels es defender el marxismo como un todo.
Una dupla indivisible
Engels se declaró comunista antes que Marx. También se acercó primero a la economía política. Su artículo Apuntes para una crítica de la economía política, publicado en 1843 en los Anales franco-alemanes, contribuyó a que Marx se interesara por el estudio de la economía capitalista. El propio Marx lo reconoció en 1859: «Friedrich Engels, con el que yo mantenía un constante intercambio escrito de ideas desde la publicación de su genial bosquejo sobre la crítica de las categorías económicas (en los Deutsch Französische Jahrbücher), había llegado por distinto camino al mismo resultado que yo»[5]. La intensa colaboración entre ambos hace muy difícil discriminar qué parte escribió quién en las obras firmadas conjuntamente. Hay textos firmados solo por Marx pero completados por Engels, como los dos últimos volúmenes de El Capital. Los artículos firmados con el nombre de Marx en The New York Daily Tribune en la década de 1850 fueron, como se supo mucho después, escritos enteramente por Engels –que dominaba el inglés– para que Marx tuviera alguna renta. Quizá nadie habría notado que Marx escribió un capítulo del Anti-Dühring de Engels, si el propio Engels no lo hubiera revelado en el prefacio a la segunda edición de 1886. La importancia de este libro –y de la publicación separada de una de sus secciones, Del socialismo utópico al socialismo científico–, dicho sea de paso, es inestimable: «la joven generación –escribió Riazanov– que comenzó a militar hacia 1876-1880 supo por esa obra qué es el socialismo científico, cuáles son sus principios filosóficos y su método»[6].
Cuando jóvenes, Marx y Engels escribieron La Sagrada Familia (1844), La ideología alemana (1846) y el Manifiesto del Partido Comunista (1848). Poco antes, en 1842, Engels había hecho los primeros contactos políticos y personales con el movimiento owenista y cartista; y tres años después publicó su Situación de la clase obrera en Inglaterra, libro basado en el riguroso estudio de las estadísticas oficiales y la observación directa de las terribles condiciones de explotación del proletariado de Manchester, la ciudad-fábrica.
La intensa actividad intelectual de ambos se combinó siempre con la práctica revolucionaria. Organizaron la dura pelea programática que transformó la utópica Liga de los Justos en Liga de los Comunistas. Cuando comenzó la ola de revoluciones democrático-burguesas de 1848, se mudaron de Bélgica a Colonia, donde publicaron durante casi un año la Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana). En 1849, un intrépido Engels se enroló como voluntario en el ejército revolucionario de Baden-Palatinado, en el destacamento al mando del general Willich. Participó en la elaboración de planes militares y en cuatro grandes batallas. La contrarrevolución posterior a la derrota de la Primavera de los Pueblos supuso para Marx y Engels, como para miles de revolucionarios, una dura persecución que los obligó a emigrar a Londres.
Los años en Manchester
A finales de 1850, Engels se instaló en Manchester para trabajar en la firma Ermen & Engels, de la que su padre era copropietario. Sumar columnas y atender la correspondencia multilingüe de la empresa, tarea terriblemente tediosa –«siento un tedio mortal aquí», escribía a Marx– para un hombre con sus dotes intelectuales, le dejaba poco tiempo para la actividad política práctica, pero esa rutina laboral en el «comercio inmundo» era un sacrificio necesario para ganar el dinero que permitiera a Marx dedicarse enteramente a escribir su obra maestra.
El aporte material de Engels no siempre es valorado en su real dimensión. Las condiciones de vida de la emigración eran duras en extremo: «de no haber sido por la constante y abnegada ayuda económica de Engels, Marx no solo no hubiera podido acabar El Capital, sino que habría sucumbido inevitablemente bajo el peso de la miseria», explicó Lenin en 1914[7]. La esposa de Marx, Jenny von Westphalen, describió esos años como de «miseria completa»[8].
De ese largo periodo –de 1850 a 1870– nos queda la correspondencia casi diaria con Marx, pródiga en lecciones sobre problemas teóricos y políticos. Marx, que lo llamaba «enciclopedia andante», solía pedirle datos u opiniones para El Capital. De hecho, para él no existía juicio más autorizado que el de Engels.
Aunque separados físicamente, la estrecha colaboración intelectual incluía momentos de honda emoción, camaradería y humanidad, como cuando Marx escribe a Engels, al terminar el primer tomo de El Capital: «Sin ti, nunca habría podido llevar el trabajo hasta el final, y puedo asegurarte de que siempre pesó como una cruz en mi conciencia que hayas permitido que tus preciosas energías se desperdiciaran y oxidaran en el comercio, principalmente por mi culpa, y, para peor, hayas tenido que compartir todas mis petites misères»[9]. A cada necesidad de Marx, teórica o personal, Engels acudió incondicionalmente. La ayuda material, además de una muestra de profunda amistad, era su aporte a una causa común. Cuando El Capital vio la luz, sintió que sus años de sacrificio en Manchester, empantanado en un trabajo «desmoralizante», habían sido coronados.
Sin pausa, Engels se puso a escribir reseñas del libro y enviarlas a periódicos de varios países para contrarrestar la «conspiración burguesa del silencio». La osada campaña de divulgación que encabezó contribuyó enormemente a hacer conocido el marxismo y, poco a poco, a fortalecerlo en el movimiento obrero europeo.
Tuvieron que pasar tres años más para que anunciara a su socio Ermen que dejaba la compañía y, el 1 de julio de 1869, pudiera escribir a Marx: «¡Hurra! Hoy, se ha acabado para mí el dulce comercio y soy un hombre libre»[10].
El General estaba listo para retomar la acción. «En los últimos 18 años, no pude hacer casi nada directamente por nuestra causa, teniendo que dedicarme a actividades burguesas»[11], explicó a Friedrich Lessner, un veterano de 1848. Marx celebró la «fuga del cautiverio egipcio» de su fiel amigo bebiendo «una copa a su salud»[12].
Engels rebosaba vitalidad: «Soy otro hombre y me siento diez años más joven», escribió a su madre. Ahora podía dedicar todo su tiempo, energía y cualidades a la causa comunista.
En 1870, Friedrich Engels regresó a Londres. Después de casi dos décadas, volvería a trabajar presencialmente con Marx. Estaba contento con la casa que alquiló en el 122 de Regent’s Park Road, principalmente porque «no quedaba ni a 15 minutos de distancia de Marx»[13]. El «moro» residía en Maitland Park Road, y allí se dirigía Engels casi a diario. El trabajó común conllevaba una división de tareas que Engels explicó: «A consecuencia de la división del trabajo que existía entre Marx y yo, me tocó defender nuestras opiniones en la prensa periódica, lo que, en particular, significaba luchar contra las ideas opuestas, a fin de que Marx tuviera tiempo de acabar su gran obra principal. Esto me condujo a exponer nuestra concepción, en la mayoría de los casos en forma polémica, contraponiéndola a las otras concepciones»[14].
Sobre esa –fundamental– labor de polemista y divulgador, comentó David Riazanov en una de sus conferencias de 1922: «Engels se sirve de un artículo cualquiera que le ha impresionado o de un hecho de actualidad para mostrar la profunda diferencia entre el socialismo científico y los otros sistemas socialistas, o para aclarar un problema práctico desde el punto de vista del socialismo científico y enseñar la manera de aplicar el método…»[15].
Engels, por supuesto, había participado del proceso de fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), la Primera Internacional, en 1864, pero no desempeñó un papel principal hasta 1870. Una vez en Londres, asumió una función protagónica en el Consejo General, la conducción cotidiana de la Internacional, además de las tareas de secretario responsable para las relaciones con Bélgica, Italia, España, Portugal y Dinamarca, y miembro del comité de finanzas, y participó en toda suerte de disputas programáticas y organizativas. La inmensa energía desplegada por Engels alivió el trabajo político y organizativo hasta entonces llevado adelante por Marx, que pudo dedicarse casi de lleno a sus estudios para los próximos tomos del Capital.
En su lecho de muerte, Engels confesaría a Kautsky que aquellos años, de 1870 a 1872, habían sido los más importantes de la vida pública de Marx y de la suya propia.
Después de la muerte de Marx, Engels cargó con todo el peso de la tarea emprendida junto con su compañero. Pasó al primer plano luego de haber ocupado toda su vida, según sus propias palabras, el segundo. Asumió su nueva responsabilidad no sin preocupación. Nadie comprendía mejor que él todo lo que se perdía con Marx. En 1884 escribió a Becker: «He pasado una vida (…) tocando el segundo violín; y, sin dudas, creo que lo he hecho razonablemente bien. (…) Pero ahora, de repente, se espera que tome su lugar»[16].
Había mucho por hacer. Engels se dispuso a ordenar el legado científico de Marx. Encontró entre sus papeles los manuscritos inacabados del Capital. Dejó a un lado sus propias obras y se dedicó a completar lo que conocemos como el segundo y tercer libros del Capital, publicados en 1885 y 1894, respectivamente[17]. No tuvo tiempo de preparar para la prensa el cuarto, conocido como Teorías de la plusvalía, título que le dio Kautsky cuando lo publicó en alemán entre 1905-1910.
La edición de los dos últimos tomos implicó un inmenso trabajo. Engels tuvo que ordenar los papeles, retomar lo que Marx dejó incompleto (especialmente el tercer tomo, que era poco más que notas sueltas), realizar nuevas pesquisas y profundizar otras, descifrar la casi ilegible caligrafía de Marx, cortar, editar, verificar las traducciones («¡Intente ser más fiel al original!»). «Citas de fuentes sin ningún tipo de orden, pilas de ellas amontonadas, compiladas solamente con miras a una selección futura. Además, están los manuscritos que ciertamente no pueden ser descifrados por nadie más que por mí, e incluso así, con dificultades»[18], escribió a Bebel un Engels aturdido ante el estado caótico de los archivos de su amigo.
Engels cumplió esta ardua tarea con satisfacción: «puedo realmente decir que, mientras trabajo en esta obra, estoy viviendo en comunión con él [Marx]»[19].
Sin Engels, la obra magna de Marx, el más profundo análisis científico del funcionamiento de la producción capitalista y de la lucha que sobre su base entablan el burgués y el obrero, habría quedado incompleta. Esta tarea adquiere peso histórico, puesto que no existía otra persona capaz de concluirla. Con justicia, Lenin sentenció: «En efecto, esos dos tomos de El Capital son la obra de los dos, Marx y Engels».
En medio de la edición de las de Marx, Engels publicó importantes obras suyas, como El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884); Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886); o los manuscritos que compusieron luego Dialéctica de la naturaleza, además de escribir prefacios a las ediciones de textos anteriores.
Desde 1883 Engels también quedó como principal dirigente del proceso de construcción de lo que sería la II Internacional, en el contexto de un notable fortalecimiento del movimiento obrero europeo, y del marxismo entre sus filas. En su casa se reunían dirigentes socialistas de distintos países. Hasta su muerte, el 122 de Regent’s Park Road funcionó como sede del «Estado mayor» del socialismo europeo.
El final
El lado militante de Marx y Engels, como se sabe, es sistemáticamente minimizado –cuando no criticado o simplemente omitido– por distintas corrientes de literatos y académicos, aunque muchos de ellos se digan marxistas.
La academia presenta a los fundadores del socialismo científico como filósofos de gabinete. Es una falsificación histórica. Ni Marx ni Engels fueron comentaristas de la realidad. Todo su esfuerzo teórico estuvo al servicio de dotar al proletariado de un programa científico que pudiera ser asumido por los mejores elementos de la clase obrera.
Para ellos, no se trataba solo de interpretar el mundo, sino de transformarlo.
Engels, en ese sentido, además de un teórico brillante fue un político apasionado por problemas concretos planteados por la lucha de clases de su tiempo; por problemas sindicales; por problemas de construcción y organización partidarias; por la formación teórica de nuevas generaciones de cuadros comunistas. Poco antes de morir, mantenía la pasión que inflamó su juventud. «Tengo que acompañar el movimiento en cinco países europeos grandes y en muchas naciones pequeñas, y en los Estados Unidos de América», escribió a Laura Marx Lafargue en 1894. Le contaba, además, que su buzón de correos era «un pozo sin fondo de correspondencia internacional». Ante las crecientes demandas de un movimiento marxista en expansión, todos acudían al viejo general.
Entre fines de 1880 e inicios de 1890, el movimiento obrero inglés experimentó un resurgimiento esperanzador. En julio de 1888, la huelga de las obreras de la fábrica de fósforos Bryant & May (Matchgirls Strike) en Londres involucró a más de 3000 trabajadores. En agosto de 1890 estalló una poderosa huelga de más de 100.000 trabajadores portuarios en Londres (Great Dock Strike), que terminó con una estruendosa victoria proletaria. El 4 de mayo de 1890, una impresionante marcha de 200.000 obreros en Hyde Park impactó la política británica. Engels, presente en el acto, exclamaba: «Qué no daría para que Marx pudiese haber visto este despertar, él que, en este mismo suelo inglés, estaba atento al mínimo síntoma»[20]. Tras la victoria de la huelga en los puertos londinenses, escribió: «Hasta ahora el East End[21] se encontraba en un estado de parálisis causado por la pobreza, siendo su marca registrada la apatía de los hombres, cuyo espíritu había sido doblegado por el hambre y que abandonaron toda y cualquier esperanza […] Y, entonces, el año pasado se dio la huelga victoriosa de las muchachas de los fósforos. Y, ahora, esta huelga gigantesca de los elementos más desmoralizados del mundo, los trabajadores de los muelles»[22].
Entre agosto y setiembre de 1888, viajó a Estados Unidos. Presenció allí un movimiento obrero joven que, sin los vicios y tradiciones esclerosadas de la política europea, mostraba un tremendo «vigor americano». En agosto de 1893, la Segunda Internacional se expandía en toda Europa. Engels participó de su congreso en Zúrich. Los más de 400 delegados ovacionaron su discurso de cierre. En septiembre, conferenció en Berlín ante miles de militantes socialdemócratas y activistas obreros[23]. El futuro se mostraba promisor. Engels repetía: «Cómo me gustaría que Marx estuviese vivo para ver esto».
Además de su pasión por la política, Engels fue un hombre entusiasmado con los avances tecnológicos y los descubrimientos científicos de fines del siglo XIX en biología, antropología, matemática, física, química… La ciencia militar, por otro lado, ocupó su mente durante muchos años.
Ante esta apretada síntesis de la obra de Engels, es difícil admitir su modesta autodenominación de «segundo violín» de Marx. Wilhelm Liebknecht –el padre de Karl– señaló la esterilidad de la discusión: «¿Qué aportó uno; qué, el otro? ¡Una pregunta ociosa! Es de una pieza, y Marx y Engels son una sola alma, tan inseparables en el Manifiesto Comunista como lo siguieron siendo hasta la muerte en todos sus trabajos y planes»[24].
La muerte impidió a Engels cumplir su deseo de «contemplar desde un agujerito la llegada del nuevo siglo». En enero de 1895 había comenzado a trabajar en la edición de las obras completas de Marx y las suyas. En abril, empezó a preparar lo que debió ser el cuarto volumen del Capital. Planeaba también reeditar su obra La guerra de los campesinos en Alemania, y escribir una biografía de Marx y una historia de la AIT. Todo quedó inconcluso.
Engels tenía cáncer de esófago. El avance de la enfermedad hizo poca mella en su personalidad vital, alegre, penetrante. Para escándalo de ciertos medios académicos que destilan puritanismo, siempre celebró la vida. Buen anfitrión, le encantaba abrir las puertas de su casa a amigos y camaradas y regar las discusiones políticas con vino y cervezas tipo Pilsener. Las celebraciones de sus cumpleaños, la navidad o las reuniones que seguían el conteo de votos para el Reichstag solían extenderse hasta la madrugada. Amaba el arte, la poesía, la música, los idiomas, los viajes, montar a caballo, conocer personas y lugares nuevos. Disfrutaba al máximo de sus vacaciones en las playas de Eastbourne.
En noviembre de 1894 legó una buena suma de dinero al partido alemán a los cuidados de Beber y Singer, a quienes pidió «bebed en recuerdo mío una botella de buen vino». La última carta de la que se tiene conocimiento la dirigió a Laura Marx. Lamentó la «crisis que se aproximaba» en el doloroso «campo de papas» que se le había formado en la garganta. Luego, la despedida: «No tengo la fuerza para escribir largas cartas, así que adiós. Por tu salud, un vaso lleno de ponche de huevo con una dosis de coñac»[25].
Murió el 5 de agosto de 1895 con 74 años. De acuerdo con su «resuelto deseo», sus cenizas fueron lanzadas al mar en Beachy Head, cerca de Eastbourne.
[1] LENIN, V. I. (1914). Karl Marx. A Brief Biographical Sketch With an Exposition of Marxism. En: https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1914/granat/ch06.htm
[2] WELMOWICKI, José (2020). Las contribuciones de Engels al marxismo. Marxismo Vivo – Nueva Época, nº 16, pp. 55-68.
[3] ENGELS, Friedrich (2006). Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana [1886]. Madrid: Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels, p. 37.
[4] HUNT, Tristam (2010). Comunista de casaca. A vida revolucionária de Friedrich Engels. São Paulo: Record, p. 338.
[5] MARX, Karl (1859). Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política. En: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/criteconpol.htm#_ftn5.
[6] RIAZANOV, David (2012). Marx y Engels. Buenos Aires: Ediciones IPS, p. 276.
[7] LENIN, V. I. (1914). Carlos Marx. Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo. En: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/carlos_marx/carlosmarx.htm#tactica
[8] HUNT, op. cit., p. 209. Son los años en que Marx y Jenny perdieron tres bebés por su miseria: Heinrich Guido, Franziska y Edgar.
[9] HUNT, op. cit., p. 265.
[10] MAYER, Gustav (1979). Friedrich Engels: una biografía [1934]. Madrid: FCE, p. 537.
[11] HUNT, op. cit., p. 270.
[12] MAYER, op. cit., p. 537.
[13] HUNT, Tristam. Comunista de casaca. A vida revolucionária de Friedrich Engels. São Paulo: Record, 2010, p. 273.
[14] ENGELS, F. Contribución al problema de la vivienda: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/vivienda/index.htm.
[15] RIAZANOV, David. Marx y Engels. Buenos Aires: Ediciones IPS, 2012, p. 273.
[16] Engels a Johann Philipp Becker, 15/10/1884.
[17] El tercer volumen fue publicado en Hamburgo en diciembre de 1894, ocho meses antes de la muerte de Engels.
[18] HUNT, Comunista de casaca…, p. 333.
[19] Ídem, p. 335.
[20] Ídem, p. 356.
[21] El East End era el área más pobre de Londres, asociada con enfermedades, hacinamiento y criminalidad.
[22] Ídem, p. 368.
[23] MAYER, Gustav. Friedrich Engels: una biografía [1934]. Madrid: FCE, 1979, pp. 879-880.
[24] La izquierda diario. El joven Engels: https://www.laizquierdadiario.com/El-joven-Engels
[25] HUNT, Tristam. Comunista de casaca…, p. 388.